HOTEL.

(Normalmente, tengo en el tintero unas seis o siete historias diferentes e inconclusas. Casi siempre las pongo en coma después de las 3,000 palabras. Es en ese punto cuando no sé si será un cuento, una novela corta, o el Ulises de nuestra fuckin' época. De alguna manera
me trago eso de que la vida es larga, y confío en mi desequilibrada memoria para terminar de escribirlas a la postre.

Cuando me trabo en mi historia principal, que ahora viene siendo Los intrusos, me pongo a escribir cual poseso sin pies ni cabezas. A veces las ideas con las que ejercito el musculo terminan siendo mis favoritas. Este cuento lo escribí ayer a las cuatro de la madrugada. Todavía no sé que hacer con él, pero me mola muchísimo. Gócenlo.)





HOTEL
por Yess K


Hoy, el chico que moja la cama me ha dicho que soy su hijo.

Me dijo que habíamos escapado de nuestro planeta natal. Que mi madre de dos cabezas había muerto en la explosión que nos lanzó a un campo de trigo, donde me crió durante los primeros años para reprimir mis poderes telequinéticos. Me dijo que yo había nacido programado para ser un arma de guerra. Que el me amaba demasiado para dejarme morir en manos del imperio sideral que quería usarme para dominar el universo.

Cuando le pregunté como podía tener catorce años y ser padre de un pedazo de escoria que ha cumplido los dieciseis, me dijo que mi crecimiento fue acelerado. Por lo tanto, la escoria crece al ritmo de una flor. O de los perros. O de los parásitos intestinales. O de la guerra en medio oriente. O todas las anteriores.

Ya no recuerdo cual crece mas rápido. O cual se muere antes.

Después vinieron los tipos con uniformes caquis, y lo arrastraron a la celda acolchada. Aunque no lo creas, de verdad existen. Siempre creí que era un invento de las películas para adoctrinarte a que no corrieras desnudo por la autopista. O empezaras a morder a todos los asistentes de un museo para salvarlos de una invasión de nanobots. O te hicieras pintadas obscenas en la nuca para desfilar por la iglesia. O todas las anteriores. La celda acolchada mide cuatro por cuatro, y los cojinetes están rayados y lustrosos de tantas manos que han golpeteado su amarilla superficie. Es como si te metieran en un queso gigante.

Te conviertes en el parasito estomacal que viaja a traves de los lacteos. O eso dice la chica que se come sus propias sábanas.

Por si te lo preguntas, nunca he estado en la celda acolchada. Si sigo escribiendo tan bien como ahora, probablemente nunca lo estaré. Ni siquiera en mi propia habitación. La máquina de escribir está atornillada a una mesita con los bordes redondeados, y la mesita está en la sala de entretenimiento. Cuando la trajeron, seguro nadie consideró que un escritor podía terminar encerrado aquí. Lo cual me pone a pensar que son idiotas, porque cualquier en sus cabales sabe que un escritor digno de serlo pasa sus últimos años en un psiquiátrico. Y cualquiera en sus cabales sabe que entretenimiento no incluye salvar tu cordura y eslabonar lo poquito que queda de ella entre tus neuronas aporreando una máquina de escribir que nadie de verdad sano puede considerar un puto procesador de textos.

El punto es que casi nunca estoy en mi propia habitación. Me dejan dormir en la sala de entretenimiento, porque allí puedo escribir. Cuando me dieron lapices y papel para poder trabajar en mi cuarto, ese chico al que persiguen los satélites rusos me los quitó para armar un interceptor de alta frecuencia. Ademas, me lo gané ayudando a los recién ingresados. Sobre todo a los pequeños.

Por si te lo preguntas, nadie aquí tiene la edad suficiente para conducir.

Así que las noches suelen ser un martirio. Hay chicos que todavía no se creen que tienen diez años, y siguen lloriqueando como si tuvieran la teta de su madre en la boca. Hay dos niños ferales, un él y una ella. Los encontraron en el sótano de una fábrica abandonada. No han dicho una sola palabra, y en realidad no han hecho un sólo movimiento que no sea parpadear. Son como los zombies de las películas, y le dan miedo a los otros niños.

Yo comencé a cuidar a los pequeños cuando el doctor M., mi médico, dijo que podía tener una habitación mas grande. Dijo que mis cualidades como líder natural podían ayudarlos a adaptarse. No sé de donde sacó eso de líder natural, pero me gusta. También dijo que podía enseñarles a hacer cosas. Podía enseñarles a escribir. A leer sus propios cuentos. A pintar. A participar en la banda. Me dijo que mis aptitudes artísticas podían ayudarlos a cooperar. Y a cambio, iban a darme una habitación mas grande. Tal vez con una ventana, o una ducha. O todas las anteriores. En mi ala, tenemos que ducharnos por turnos a las ocho de la mañana. Creo que por eso acepté. Ni siquiera le pregunté si consideraba muy desgraciado todo eso de la mafia en el hospital. O donde se había metido su escala de residentes.

Los pequeños llegan casi siempre los martes. A veces llegan uno a uno a lo largo de la semana, cuando los servicios sociales están de vacaciones o algo parecido. Pero los martes siempre son el día de los niños. Nunca son mas de tres. A veces sólo es uno, el suficiente para que esa chica que se practicó un aborto con unas pinzas de pan y luego guardó el feto en su nevera chille de alegría, y corra a besarlo y acunarlo. A los niños les gusta esa chica. Yo nunca les digo nada de lo que hizo.

Nunca les dice nadie nada de lo que hemos hecho.

Los hospedan en la planta baja. En las alas cerca del vestíbulo. Es lo mas seguro en caso de evacuación. Debe ser que los locos pequeños tienen un ápice de futuro mas que los locos viejos, los que ya pasamos de los quince y tenemos delitos graves y bien justificables en el expediente. En teoría pueden vestirse como quieran, con la ropa que el hospital compra por montones a las tiendas de saldo. Pero siempre tienen el mismo conjunto de jeans deslavados y camisa blanca. Casi todas las niñas usan sueter, y nadie les pregunta porque. Yo intenté hacerlo, pero sólo hice temblar a esa niña que se robó todos los animales de una granja y los escondió en su habitación para salvarlos del desayuno.

La chica que le cercenó las manos a su abuelo mientras dormía siempre les da el tour por el hospital. Y siempre empieza por la sala de entretenimiento. La de los pequeños. Hay una diferente en cada piso del hospital, y yo debo esperar en esta, la de los cubos de colores y los grandes televisores y las ventanas con vitrales de soles y prados verdes y prodigiosos. Siempre tengo un caballete con un lienzo colorido. Siempre es el mismo lienzo sin terminar. El del muelle con los dos borrachines pescando a la luz del atardecer. Los borrachines terminan siendo un padre abusivo. Un sacerdote sádico. Un maestro enamorado. Un hombre con bigote en una camioneta con las ventanas tapadas. El tipo al que le dispararon en la cara con accidentada intención. O todos los anteriores.

Cuando los pequeños llegan hasta mi, a mi caballete y mis acuarelas resecas que he humedecido en el lavabo, les sonrío. Les doy la bienvenida, y les digo que esto no es tanto un hospital como una aventura. El doctor M. me dijo que dijera eso. Que sonaba muy bien, y los hacía sentir mas seguros. No sé quien le habrá dicho eso, pero a mi me da escalofríos de sólo pensarlo.

Siempre hay un niño, o una niña, o todos los anteriores, que se acerca al caballete. Siempre es el mas tímido de todos. O el que es un futuro prodigio de la pintura. O el que es un futuro gran fotógrafo que nunca lo será. El que pintaba con los dedos en las paredes de su alcoba. Nunca te dicen esas cosas, pero me imagino que cuando yo tenga hijos, y terminen en su propio hospital, serían esa clase de niños.

No tengo que seguir hablando. Les ofrezco la bandeja de las acuarelas, y tal vez les doy un pequeño empujoncito. Entonces agarran el pincel, el mas inapropiado, y trazan una sola línea. Terminan el reflejo de una nube sobre el mar. O comienzan el ala de una gaviota. O rellenan la cara del borrachín numero uno. O le ponen mas color a los tablones del muelle. Nunca todos los anteriores. El lienzo jamás estará terminado, y tiene unos dos mil autores diferentes. O eso dice el doctor M., después de inquirirle cuantos niños han estado como internos por aquí.

Después de las primeras semanas, de los primeros aspirantes a pinturas y su única obra maestra de una pincelada, me dan una habitación mas grande. Los pequeños, dice el doctor M., se muestran mas activos en las clases de arte desde que yo les doy la bienvenida. Desde que me acerco a ellos en un buen momento, un mal momento, o las dos anteriores, y le pregunto si no le gustaría ayudarme con mi cuento. O si le gustaría ayudarme a hacer las fotos de ese naranjo en la ventana. El doctor M. me consiguió una cámara digital. Puedo hacer todas las fotos que quiera, pero debo entregarle la cámara al final del día. Al día siguiente, todas las ilusiones en alto formato digital han desaparecido, y la tarjeta de memoria está limpia. Nunca le pregunto que hace con ellas.

La habitación que me dan tiene, si, una ventana. Da al estacionamiento del personal, a un trozo de jardín y a una cerca alambrada, pero no puedo pedir mas. Tal vez que muevan la máquina de escribir a mi cuarto, puesto que soy el único que la usa de verdad, pero podría usarla para romper la ventana y los barrotes electrificados y el panel der plexiglas. Supongo que el resto de mi vida será de un paso a la vez.

Por si te lo preguntas, tampoco es como si hubiese sido muy afortunado antes de convertirme en un huésped.

El Chico que Moja la Cama ha regresado a la sala de entretenimiento. Tiene el pelo revuelto, la ropa del revés, como si lo hubiesen metido a una licuadora. Si haces cuentas, ha pasado mas tiempo en la celda acolchada que en sus clases. En la escala de internos del doctor M., este chico está en la categoría de “problemático”, subcategoría “potencialmente peligroso”.

El chico se llama Bill, y es mi mejor amigo. Y mi padre. Mi fabricante de laboratorio. A veces soy su padawan. Hace dos días, fui su copiloto durante la segunda guerra mundial. La semana pasada, el abogado de su divorcio con una actriz famosa después de que ella lo atacase con un taladro. El mes anterior, el asesino del traje purpura que acabó con su familia. La semana de talentos, fui su conejillo de indias para una fallida máquina de volar. Mi primer día en el hospital, fui su entrenador de patinaje magnético para las olimpiadas de invierno.

Mañana puedo ser todas las anteriores.


(arriba) Monsters in my Head, de hiimlucifer. Es mi amigui, y soy su fans.

4 comentarios:

Eduardo dijo...

Aplausos de pie!
Es fantástico!
Soy fan!

Anónimo dijo...

Esto no es un cuento. Es el principio de una novela de Palahniuk.

Miss Mac Lovegood dijo...

Pues sea o no el principio de Palahniuk, me gustó... así que es un "win-win" situation =]
Ya lo había leído pero no había encontrado la oportunidad de comentarlo... es genial, sólo eso.

Sigo leyendo tu blog... saludos!

Fernando J. Salas dijo...

¿Es mi idea o mi comentario de este cuento fue borrado? :(

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